Cirugía Plástica y Reparadora.
Carmen Posadas: «Ser apátrida es incómodo para la vida, pero ......
Todo tiene una explicación antropológica. Somos igual que en la caverna, no hemos cambiado nada en todo este tiempo. Lo que nos hace sobrevivir, el instinto de supervivencia, es como un egoísmo. Y eso llevado al extremo es la maldad.
En su novela hay un asesinato donde los autores pueden ser niños. ¿Se ha perdido la inocencia?
Es un problema que ha estado siempre. Es políticamente incorrecto decir que los niños son malos. Vivimos en una época muy Walt Disney donde todo el mundo piensa que los niños son encantadores. Pero a poco que uno recuerde la infancia tenemos que los niños pueden ser muy malos y muy crueles. Hay fenómenos de crueldad infantil, como los niños que acosan a sus amigos, o el tema de los chicos estos que mataron a la mendiga en un cajero. Y sus padres nunca se habían dado cuenta de cómo eran. Y me pareció muy inquietante la idea de que uno no conoce a la persona que más quiere, que es un hijo.
La novela plantea también que hay una historia de la madre que tiene su reflejo en su hija. ¿Tenemos realmente el destino marcado?
He pensado muchas veces que las cosas se repiten. Que algo que ha ocurrido en nuestra infancia vaya a pasarle después a nuestros hijos. Es un temor que todos los padres hemos tenido. Como un espejo, donde una circunstancia se refleja en otra.
Dice la protagonista: «El placer del éxito tiene un precio mucho más elevado del que la gente pudiera imaginar».
El éxito es una trampa muy grande, porque una vez que uno tiene cierto éxito, lo que más teme es caerse. Eso provoca una inseguridad terrible. Es un precio que se paga día a día.
En su caso, el éxito le ha llegado siendo guapa, rica, cosmopolita. ¿Se lo han perdonado?
Ahora ya pasó. Mi obra está traducida a 20 idiomas, incluido el chino. Pero hubo una época en que todas las connotaciones extraliterarias, en vez de sumar restaban. Restaban mucha credibilidad, como si dijeran «ahora ésta resulta que escribe». Pero yo siempre supe que si continuaba escribiendo y tenía más o menos talento, que si perseveraba... Como dice Cela, «el que aguanta, gana».
Usted se casó en Moscú, vivió en Londres, ahora en Madrid. ¿Es una escritora latinoamericana?
Plenamente. Una mezcla de latinoamericana e inglesa, más que española. Porque lo que marca la realidad son los primeros doce años, que yo los pasé en Uruguay. Mis lecturas son muy latinoamericanas, y después mi educación es inglesa.
¿Es objetivamente bueno haber mamado tantas culturas diferentes?
Todo el bagaje que uno tenga de culturas es bueno. Pero ser un apátrida es incómodo para la vida. En Uruguay nadie me considera uruguaya y aquí me consideran latinoamericana. Siempre eres de otro bando. Eso es incómodo para la vida, pero para la literatura es buenísimo, porque uno es más tolerante, más abierto, más observador...
Si haber vivido en varios países permite ser más tolerante, más abierto, más observador, ¿por qué los inmigrantes tienen tan mala prensa?
Volvemos a la tribu. El ser humano está programado para proteger a su prole, a su familia, a su tribu y desconfiar de lo que viene de fuera.
Usted se hizo la cirugía estética cuando era muy joven, y dice que ello supuso una notable mejora no sólo física, sino también intelectual.
Yo era una niña muy acomplejada. Una niña fea en una familia de guapos; mis hermanas eran rubias, divinas, con ojos verdes, y yo era muy fea, muy gorda, peluda y además con una nariz espantosa. Así que la operación de la nariz me ayudó mucho.
Es porque la crítica literaria en España no tiene mucha influencia.
Se lo pregunto porque en el 'New York Times' se escribió de su novela 'Pequeñas infamias' que es «una delicia que se derrite en la boca».
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