El mundo de hoy asiste a una batalla global entre quienes somos partidarios de la cultura de la vida y los adherentes a la cultura de la muerte y los cinco principales frentes de esa batalla son el aborto, la eutanasia, el terrorismo, la drogadicci贸n y la homosexualidad. La multiplicaci贸n de las personas e instituciones que practican, proponen, avalan o consienten esas cinco formas del comportamiento humano contrarias a la vida da cuenta del severo malestar que padece la cultura actual. Contra esa tendencia tiende a formarse un creciente movimiento reactivo que se hace cargo de reivindicar la vida, lo que antes era obvio y hoy resulta necesario.El debate en torno de la vida, la agon铆a y la muerte de Terri Schindler Schiavo, suscitado en los Estados Unidos y extendido a todo el mundo por una parte, y por la otra la pol茅mica respecto del aborto que se aviv贸 en la Argentina a partir del conflicto con los cat贸licos argentinos y con la Santa Sede que el gobierno del presidente N茅stor Kirchner gener贸, son episodios que forman parte de un cuadro m谩s general y que merecen ser considerados en conjunto [1].

Puede decirse de esos casos que son combate de la batalla global que se libra en el mundo de hoy entre el Partido de la Cultura de la Muerte que integran quienes practican, proponen, avalan o consienten el aborto, la eutanasia, el terrorismo, la drogadicci贸n y la homosexualidad, y quienes nos alineamos en el Partido de la Cultura de la Vida, que nos oponemos al ejercicio, la difusi贸n, la aceptaci贸n o la legalizaci贸n de cualesquiera de esos ataques a la vida humana, cuya dignidad desde la concepci贸n hasta la muerte natural consideramos sagrada.

Es cierto que esos cinco comportamientos humanos contrarios a la vida siempre estuvieron presentes en la historia humana, pero no lo es menos que en el pasado, al menos desde que el Imperio Romano adopt贸 la moral cristiana como propia y hasta la d茅cada de 1960, suscitaban una condena social y cultural casi un谩nime, en tanto que ahora esa condena tiende a atenuarse o a ser dejada del todo de lado.

Desde la galaxia del 鈥減rogresismo鈥 鈥搎ue tiende a ser una suerte de 鈥減ensamiento 煤nico鈥 en el sistema acad茅mico y en los medios de comunicaci贸n de la Argentina y de buena parte del mundo- se podr谩 cuestionar estas afirmaciones aduciendo que la pobreza y el hambre tambi茅n atentan contra la vida y crean un caldo de cultivo que puede favorecer otros comportamientos pecaminosos contrarios a la vida.

Nos anticipamos a responder que es un hecho que nadie puede negar, por 鈥減rogresista鈥 que sea, que no hay quien postule aceptar y tolerar los actuales niveles de pobreza y hambre como una 鈥渞ealidad natural鈥 y hasta elogiable, cosa que s铆 sucede con el terrorismo, el aborto, la drogadicci贸n, la eutanasia y la homosexualidad.

Resulta innegable que la magnitud de pobreza y el hambre que a煤n se registra en el mundo suscita un rechazo cultural y social que, al menos en las palabras, es un谩nime y son muchas las voces que llaman a reducir los alcances que hoy tienen la pobreza y el hambre e incluso a eliminarles hasta donde sea eso posible, estando esos llamados inspirados en concepciones diversas que llevan a postular alcanzar ese objetivo por medios y con propuestas diferentes.

Por lo dem谩s, ha de observarse que entre quienes promovemos la cultura de la vida y quienes aceptan la cultura de la muerte coexistimos personas con concepciones religiosas, filos贸ficas e ideol贸gicas tan diversas cuanto lo son nuestras posiciones pol铆ticas, sociales y econ贸micas.

Pero, por encima de esa heterogeneidad, a quienes integramos uno u otro sector nos une y nos separa la adhesi贸n en alguna forma o la oposici贸n en todas las formas a esas cinco amenazas a la continuidad de la vida humana.

Dada la relaci贸n de esta contienda con la cuesti贸n de los denominados derechos humanos, puede ser conveniente precisar que los mismos se derivan de los esenciales derechos naturales a la vida, a la libertad y a la propiedad y que esos derechos naturales esenciales, en un el plano ontol贸gico 鈥揺s decir, propio del ser鈥 son inescindibles y se condicionan mutuamente y as铆 es que, por caso, sin el ejercicio pleno de los derechos a la libertad y a la propiedad, la vida humana no alcanza la dignidad que le es debida.

La unicidad de estos tres derechos naturales debi贸 quedar dram谩ticamente probada en el siglo pasado con la experiencia de los sistemas comunista y nacionalsocialista que, a partir de distorsionar o anular los derechos a la libertad y a la propiedad, llegaron a negar tambi茅n el derecho a la vida y a establecer reg铆menes criminales.

Pero la condici贸n un铆voca de estos tres derechos humanos esenciales no invalida aceptar que el derecho a la vida tiene una jerarqu铆a diferente y superior ya que, como es obvio, se puede vivir (aunque muy mal, casi inhumanamente) sin libertad ni propiedad, pero a quien le es quitada la vida le es imposible ejercer ning煤n grado de libertad o propiedad.

Por tanto, es una contradicci贸n insostenible querer autorizar el agravio a la vida que representan el aborto, la eutanasia, el terrorismo, la drogadicci贸n y la homosexualidad en nombre del ejercicio del derecho natural a la libertad.

Nuestra absoluta oposici贸n a las iniciativas que pretenden legalizar algunos de esos comportamientos contrarios a la vida y por ende opuestos a la moral natural, entre otros fundamentos, se apoyan en que la ley contribuye a crear una forma de la moral y el com煤n de la gente, por lo general, tiende a aceptar que lo que autoriza la ley es moralmente l铆cito, lo que en estos casos es de una falacia manifiesta.

Aunque debiera ser obvio que la pr谩ctica del aborto, la eutanasia, el terrorismo, la drogadicci贸n y la homosexualidad son actitudes contrarias a la vida, en esta 茅poca parece haberse tornado necesario que eso se explique.

Comenzamos por ratificar que el aborto es un crimen abominable contra la vida ya que provoca la muerte a la m谩s indefensa criatura cuando est谩 en el seno materno, siendo la v铆ctima una persona diferenciada de su madre y de su padre como se constata en el hecho que, ya desde su concepci贸n, est谩 dotada de un ADN propio, 煤nico e irrepetible que prueba de modo irrefutable su identidad humana aut贸noma.

Es sabido que en la historia siempre se incurri贸 en la pr谩ctica del aborto, pero tambi茅n puede constatarse que hasta la d茅cada de 1960 era este un crimen secreto y vergonzante, que recib铆a una condena moral un谩nime de la sociedad, mientras que en los 煤ltimos 40 a帽os se instal贸 una corriente de opini贸n cada vez m谩s amplia que propugna consentir y legalizar esa forma de asesinato.

Ese avance march贸 pari passu con la difusi贸n cada vez m谩s universal de pr谩cticas contraconceptivas 鈥揺n especial a partir del uso masivo de la p铆ldora y de otros m茅todos que evitan el embarazo鈥 que contribuyeron a impulsar la revoluci贸n sexual que se produjo en Occidente en la segunda mitad del siglo XX, trayendo consigo una profunda transformaci贸n de muchos de los usos, costumbres y valores que reg铆an los cuatro sistemas de relaci贸n de las personas (los v铆nculos con Dios, con las dem谩s personas, consigo mismo y con la naturaleza y las cosas) que configuran la identidad humana.

Hasta la d茅cada de 1990, las principales resistencias institucionales y organizadas que tuvieron que enfrentar quienes propugnaban una actitud complaciente hacia la contracepci贸n y el aborto, procedieron de las tres grandes religiones monote铆stas (juda铆smo, cristianismo e islamismo).

Vale mencionar que, seg煤n informaciones estad铆sticas confiables, para el a帽o 2.000 en el mundo hab铆a 1.200.653.000 musulmanes, 1.132.541.500 cat贸licos, 589.327.000 cristianos protestantes, 199.819.000 cristianos ortodoxos y 20.173.600 jud铆os, con lo que resulta que al inicio del siglo XXI las tres grandes religiones monote铆stas congregaban alrededor de 3.142.514.100 personas, lo que en grandes n煤meros representa algo m谩s de la mitad de la poblaci贸n mundial, estando concentrada gran parte de la otra mitad de los habitantes del planeta en China y la India, pa铆ses en los que quienes profesan las tres religiones monote铆stas tienen una presencia minoritaria.

No obstante esa resistencia desde el 谩mbito religioso, ha de admitirse que las posiciones neomalthusianas de quienes postulan como 鈥渟oluci贸n鈥 de los problemas sociales del mundo (como la pobreza) la reducci贸n de la tasa de natalidad y que para ello promueven programas y pol铆ticas contraconceptivas 鈥搃ncluso la legalizaci贸n del aborto鈥 para reducir la poblaci贸n mundial, ganaron un amplio espacio institucional en muchos gobiernos y en organismos multinacionales como, por ejemplo, las Naciones Unidas y el Banco Mundial.

Siguiendo el argumento de quienes pretenden justificar que se legalice el aborto seg煤n el cual as铆 se dar铆a acceso a las mujeres embarazadas m谩s pobres a la posibilidad de hacer matar a la criatura que llevan en su seno en condiciones de higiene y salubridad, esos sectores tambi茅n deber铆an promover una ley que autorice a las mujeres pobres a llevar a sus hijos ya nacidos a los hospitales p煤blicos para que ah铆 se los mate mediante alg煤n m茅todo indoloro e instant谩neo, para as铆 evitar que esos ni帽os tengan que padecer los sufrimientos de la pobreza, que en algunos casos tambi茅n causan su muerte prematura.

Como puede verse, el desarrollo al extremo del razonamiento de los neomalthusianos que proponen legalizar el aborto lleva al absurdo, lo que ya hab铆a sido percibido en el siglo XVIII por el escritor y sacerdote cat贸lico irland茅s Jonathan Swift, quien obtuvo celebridad por sus novelas acerca de los viajes de Gulliver.

Swift escribi贸 un op煤sculo sat铆rico al que titul贸 鈥 Una Modesta Proposici贸n鈥, exponiendo diversas recetas para matar y cocinar, como si fueran ganado, a los ni帽os pobres de Londres, que en la primera etapa de la Revoluci贸n Industrial se multiplicaban en esa ciudad inglesa y de ese modo el autor mostr贸 el absurdo que conten铆an in noce las teor铆as que iba a proponer Malthus para resolver el problema social que representaba la cantidad de criaturas pobres.

Del mismo modo, en absoluta coherencia con el abortismo y en tren de eliminar la pobreza y ahorrar en gastos, se podr铆a leg铆timamente asesinar ancianos como en 鈥淒iario de la guerra del cerdo鈥, la novela de Adolfo Bioy Casares.

Por lo dem谩s, el revival del malthusianismo que inspira a las pol铆ticas de los organismos multinacionales se vio estimulado por el hecho de que muchas de esas concepciones fueron adoptadas como propias por los gobernantes de Estados Unidos que sucedieron a Dwight Eisenhower en la Casa Blanca a partir de 1960.

En ese aspecto merece prestarse atenci贸n al caso del Banco Mundial, en el cual las posturas que promov铆an la contracepci贸n como pol铆tica de desarrollo social fueron establecidas por Robert Mc Namara, quien presidi贸 esa instituci贸n hace unos 40 a帽os.

Ese dato es interesante para los argentinos porque el apoyo financiero de esa entidad constituye una abultada porci贸n del presupuesto que maneja el Ministerio de Salud P煤blica de la Argentina, lo que puede ayudar a entender que su actual titular, Gin茅s Gonz谩lez Garc铆a, se haya convertido en defensor de la legalizaci贸n del aborto diciendo que lo propone por 鈥渕otivos sanitarios鈥, aunque cabe sospechar que lo hace por motivos financieros.

Tambi茅n merece tenerse en cuenta que el Programa Materno Infantil de ese Ministerio, que cuenta con financiaci贸n del Banco Mundial, fue acordado en la d茅cada de 1990 sin que haya sido preciso abdicar de la posici贸n de principios de defensa de la vida desde la concepci贸n hasta la muerte natural que tuvo el gobierno en esa d茅cada, lo que le llev贸 a ser el m谩s firme aliado de la Santa Sede en todos los foros internacionales en los que se debati贸 este tema, oponi茅ndose incluso a los representantes que ten铆a entonces el gobierno de Estados Unidos en esos organismos, quienes tend铆an a adherir a las posturas antinatalistas que ten铆an como sus m谩s firmes impulsores a pa铆ses europeos, en especial los escandinavos [2].

Corresponde tener en cuenta que Paul Wolfowitz, flamante titular del Banco Mundial, es un part铆cipe prominente del sector llamado neoconservador del Partido Republicano, cuya adhesi贸n al movimiento Pro Life (Pro Vida) que en ese pa铆s se opone activamente a la legalizaci贸n del aborto es proverbial y no parece improbable que su gesti贸n tienda a revisar los criterios antinatalistas que signaron la pol铆tica del Banco en las 煤ltimas d茅cadas.

Vaya esta consideraci贸n para decir que la posici贸n pro aborto adoptada por el ministro Gonz谩lez Garc铆a, que mereci贸 la precisa y valiente r茅plica de monse帽or Antonio Baseotto, puede terminar siendo extempor谩nea y contradictoria con las nuevas tendencias que podr铆an instalarse en las pol铆ticas del Banco Mundial, ese vital sost茅n financiero de los presupuestos del Ministerio de Salud P煤blica.

Entre quienes pretenden justificar y legalizar el aborto tambi茅n hay quienes argumentan, desde un sedicente feminismo, que no se debe negar a las mujeres embarazadas la libertad de disponer de su propio cuerpo, sobre el que tienen una plena propiedad.

A煤n si se aceptara que las mujeres que consienten abortar lo hacen en pleno ejercicio de su libertad 鈥搇o que, en muchos casos, es al menos discutible鈥 es evidente que el ejercicio de esa libertad no puede extenderse hasta poder disponer del cuerpo de otra persona, que es el ser que llevan en su seno, al extremo de consentir que sea asesinado.

Deber铆a ser innecesario explicar que el ejercicio de los derechos naturales a la vida, a la libertad y a la propiedad tienen la limitaci贸n de no impedir a otros el ejercicio de esos mismos derechos y por tanto es inaceptable y hasta il贸gico, por tomar el ejemplo extremo, que se quiera reparar el grav铆simo da帽o que sufre toda mujer violada mediante el asesinato de la criatura que se engendr贸 en el acto criminal de la violaci贸n.

De la eutanasia y, en general de toda forma de suicidio, diremos que los consideramos, inadmisible e innecesario por cuanto una muerte digna no es una muerte r谩pida, instant谩nea, sino que es morir respetado como persona.

A煤n admitiendo que no sabemos a ciencia cierta si el sufrimiento es innecesario y cu谩l es su prop贸sito, basados en la teor铆a del duelo es v谩lido aceptar que un sufrimiento anticipado y controlado puede preparar al paciente para una muerte mejor y si se acortan los tiempos se disminuye la posibilidad de esa preparaci贸n.

La mejor soluci贸n para los pacientes terminales no es anticipar la muerte buscando acabar con una vida atormentada, sino ofrecer razones de esperanza y de sentido para el sufrimiento.

No queremos dejar de explicitar que tambi茅n nos oponemos a la distanasia o prolongaci贸n artificial e innecesaria de la agon铆a de algunos pacientes terminales, por entender que es contraria a la exigencia del buen morir.

Hace no mucho tiempo atr谩s, ocuparse de exponer estos argumento resultaba in煤til por cuanto eran de una evidencia casi tautol贸gica en casi todas las culturas del mundo, pero han comenzado a dejar de serlo y uno de los reflejos de ello es, como se dijo antes, que haya jueces, legisladores y toda una corriente de la opini贸n p煤blica en los Estados Unidos y en el mundo que consideran aceptable y hasta deseable que Terri Schiavo haya sido condenada a morir de sed y de hambre, como si dar de comer al hambriento y de beber al sediento fuesen modos de encarnizamiento terap茅utico.

En el clima moral que exist铆a en Estados Unidos y el mundo antes de la d茅cada de 1960 es poco probable que alguien se hubiera atrevido siquiera a sugerir en p煤blico esta posibilidad, que ahora cuenta con el benepl谩cito de los tribunales judiciales estadounidenses y de una porci贸n de la opini贸n p煤blica.

Sin embargo, en tiempos recientes se ha reavivado el esp铆ritu de lucha por la cultura de la vida en los Estados Unidos. El caso Schiavo evidencia la creciente preponderancia de los movimientos religiosos conservadores en la pol铆tica estadounidense (recu茅rdese la oposici贸n al matrimonio entre personas del mismo g茅nero y las restricciones a la investigaci贸n sobre c茅lulas madre) que se han encolumnado tras la convocatoria del presidente Bush a involucrarse mucho m谩s activamente en cuestiones de pol铆tica social (faith-based initiative), de la cual mucho se habl贸 antes de las elecciones de noviembre 煤ltimo.

Es llamativo adem谩s que el caso Schiavo se haya transformado en una cuesti贸n transpartidaria, toda vez que medio centenar de legisladores dem贸cratas votaron junto a los republicanos y algunas figuras asociadas al Partido Dem贸crata (como Jesse Jackson) se opusieron a dejar morir a la joven de Florida. Por otra parte, coincidieron en el apoyo a la posici贸n del presidente Bush los cat贸licos conservadores y los evangelistas.

En lo que hace al terrorismo, es sabido que se trata de un brutal m茅todo de lucha tan viejo como la guerra, pero una de las novedades de este tiempo es que la apelaci贸n a ese recurso criminal puede llegar a poner en riesgo la subsistencia misma de buena parte del g茅nero humano, dado que los terroristas pueden acceder y utilizar armas nucleares, biol贸gicas y qu铆micas que tienen una letalidad y una capacidad de destrucci贸n masiva nunca antes conocida.

Ese peligro hab铆a sido anticipado hace ya m谩s de un quinquenio en un art铆culo titulado 鈥淓l Terrorismo Postmoderno鈥 de Walter Laqueur, presidente del Consejo Internacional de Investigaci贸n del Centro de Estudios Estrat茅gicos e Internacionales, en el que se advert铆a: 鈥淓s posible que de 100 intentos de super violencia terrorista 99 fracasen, pero uno solo que tenga 茅xito podr铆a dejar muchas m谩s v铆ctimas, producir m谩s da帽o material y desatar un p谩nico m谩s grande que cualquier otra cosa que el mundo ha experimentado hasta ahora鈥.

De ah铆 que hoy, m谩s que nunca antes, sean inaceptables ciertas actitudes tolerantes hacia las pr谩cticas terroristas, que en el pasado reciente algunos se permit铆an adoptar respecto de quienes apelaban al terrorismo con diversos argumentos de reivindicaci贸n nacional o pol铆tico-social.

Hoy es del todo evidente que el blanco directo y desembozado al que apuntan los principales ataques de los n煤cleos m谩s peligrosos y activos del terrorismo es la democracia y ya el odio al sistema democr谩tico de vida y a la libertad, que inspira a la acci贸n criminal del terrorismo, no puede ser encubierto con alegatos nacionales o sociales.

No obstante, tal vez por aquello de que 鈥渓a mejor trampa del diablo es hacernos creer que no existe鈥, no faltan quienes creen, pretenden creer o quieren hacer creer que son 鈥済uerreros de la libertad鈥 los narcoterroristas de la Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, los fan谩ticos que perpetraron ataques criminales como los atentados contra las Torres Gemelas en Estados Unidos o la estaci贸n de Atocha en Espa帽a por mencionar los m谩s conocidos, las bandas que pretenden reinstalar en Irak una dictadura como la que, bajo Saddam Hussein ejerc铆a el partido de tendencia socialista 鈥淏aas鈥 y atacaron mediante actos terroristas al pueblo de iraqu铆 que acudi贸 masivamente a votar en las primeras elecciones libres que se realizaron ah铆.

El terrorismo, en una de sus formas m谩s perversas, recurre al suicidio de sus partidarios lleg谩ndose as铆 a estadios de absoluto desprecio por la vida, que incluyen la utilizaci贸n de ni帽os para realizar atentados.

Ha de tenerse en cuenta que las tendencias llamadas 鈥渇undamentalistas鈥 que inspiran a algunos de las organizaciones terroristas m谩s peligrosas, pueden entenderse como una reacci贸n de resistencia a la exclusi贸n de la religi贸n del 谩mbito p煤blico y a la total desvinculaci贸n del Estado y la vida p煤blica respecto de Dios que tienden a adoptar muchos pa铆ses del mundo y esa reacci贸n resistente tiende a apelar a una politizaci贸n de la religi贸n que, en sus extremos m谩s desesperados, lleva a la violencia y al crimen.

En verdad, el objetivo de estas tendencias no es volver a alg煤n pasado en el que Dios reg铆a la vida p煤blica de la sociedad, sino imponer una surte de reconversi贸n religiosa del mundo, restaurando la soberan铆a de Dios sobre el Estado y recuperando el papel integrador e integral de la religi贸n en la sociedad (de ah铆 que el t茅rmino integrismo se use como equivalente a fundamentalismo).

Ese fundamentalismo, curiosamente, recurre a los instrumentos de la modernidad para enfrentarla y, al politizarla, rebaja la religi贸n a la condici贸n de una ideolog铆a con Dios, con la que viene a querer llenar el vac铆o creado por el ocaso del marxismo, que elevaba la ideolog铆a a la condici贸n de una religi贸n sin Dios.

Por ello, parafraseando a la tesis leninistas que caracterizaban al imperialismo como la fase superior del capitalismo, se podr铆a definir al fundamentalismo como la fase superior del totalitarismo marxista o nacionalsocialista, en tanto los grupos de esa condici贸n que apelan al terrorismo (sean jud铆os, cristianos o musulmanes) tienen como objetivo imponer al resto de la sociedad su voluntad, a la que consideran expresi贸n de la voluntad divina, ejerciendo toda la violencia que se requiera para lograrlo. No era otra cosa lo que postulaban Marx, Lenin, Stalin, Hitler y Mussolini, salvo que situaban a sus ideolog铆as donde estos fundamentalistas colocan a Dios.

Desde esta perspectiva se podr铆an aplicar al terrorismo algunas de las observaciones que Hannah Arendt hiciera del totalitarismo y sus cr铆menes en cuanto percib铆a una 鈥渙bjetivaci贸n鈥 o 鈥渃osificaci贸n鈥 que se produce tanto en las v铆ctimas como en los verdugos, ya que estos se muestran acr铆ticos respecto de sus acciones, que justifican con frases hechas. Los v铆deos que graban los terroristas antes de hacerse volar por los aires muestran una 鈥渕ecanizaci贸n鈥 similar a la que se pudo observar en el caso Eichmann.

Por otra parte, Hannah Arendt apuntaba a la 鈥渂analidad del mal鈥 y los verdugos terroristas tienden a mostrarse a s铆 mismos como 鈥渂uenos chicos鈥 en la vida privada, que se limitan a cumplir con su deber o con las consignas y basta, lo que se hace posible porque existe un medio hist贸rico o una colectividad social que los ampara y en el cual ese tipo de acciones y comportamientos son aceptados y considerados normales.

Por fin, queremos citar textualmente lo que acerca de este tema establece El Catecismo de la Iglesia Cat贸lica. 鈥淯na guerra de agresi贸n es intr铆nsecamente inmoral. En el tr谩gico caso en el que se desencadenara, los responsables de un Estado agredido tienen el derecho y el deber de organizar la defensa, utilizando tambi茅n la fuerza de las armas (numeral 2265). Para que sea l铆cito el uso de la fuerza, debe respetar algunas condiciones rigurosas: Que el da帽o causado por el agresor a la naci贸n o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto; Que todos los dem谩s medios para poner fin a la agresi贸n hayan resultado impracticables o ineficaces; Que se re煤nan condiciones serias de 茅xito; Que el empleo de las armas no entra帽e males y des贸rdenes m谩s graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucci贸n obliga a una prudencia extrema en la apreciaci贸n de esta condici贸n. Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la 鈥済uerra justa鈥. La apreciaci贸n de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes est谩n a cargo del bien com煤n禄 (numeral 2309).

La adicci贸n a las drogas, tambi茅n a partir de la d茅cada de 1960, pas贸 de ser una experiencia limitada a c铆rculos restringidos para convertirse en un importante componente que est谩 presente en la cultura urbana contempor谩nea de las ciudades de casi todos los pa铆ses del mundo.

Esa masificaci贸n del uso de drogas y el surgimiento de toda una subcultura vinculada a ello es un s铆ntoma de la enfermedad que padece la sociedad contempor谩nea, que induce a recurrir a la qu铆mica para tratar de evadirse de la realidad o encontrar una sensaci贸n de omnipotencia que permita encubrir una debilidad severa en la estructura de la personalidad.

Aunque no quisi茅ramos incurrir en psicologismos facilistas, ha de admitirse que las patolog铆as de la personalidad que inducen a la adicci贸n a las drogas constituyen una notoria epidemia. Si as铆 no fuera, no se podr铆a explicar que la venta al menudeo de coca铆na, marihuana hero铆na y otras drogas prohibidas permitan recaudar unos 500 mil millones de d贸lares cada a帽o, con lo que ese comercio lleg贸 a ser un negocio que permite la r谩pida acumulaci贸n de riqueza y poder a los narcotraficantes y a sus c贸mplices en los 谩mbitos financieros, pol铆ticos, policiales, militares, period铆sticos, intelectuales, etc.

Parece evidente que en tanto no se produzcan transformaciones que conduzcan a reducir la magnitud epid茅mica de las patolog铆as psicosociales que inducen al consumo indebido de esas sustancias, los esfuerzos que los gobiernos destinan a combatir la producci贸n y el tr谩fico de drogas prohibidas van a tener resultados modestos en t茅rminos de morigerar los efectos de esa amenaza.

Claro que la conclusi贸n l贸gica de esa evidencia deber铆a ser la formulaci贸n y aplicaci贸n de medidas adecuadas y de fondo que tiendan a reducir el consumo y no a legalizarlo, que es lo que proponen muchos integrantes del universo 鈥減rogresista鈥 y tambi茅n personajes tan lejanos de esa galaxia como es el caso de Milton Friedman, el economista de la Universidad de Chicago que es tenido como ep铆tome del llamado neoliberalismo.

Ambos sectores constatan que la lucha de los organismos estatales de prevenci贸n y represi贸n del narcotr谩fico es muy costosa, que sus resultados no son todo lo exitosos que ser铆a deseable y que en algunos casos los encargados de perseguirlos se convierten en c贸mplices de los narcotraficantes.

Los 鈥減rogresistas鈥, a partir de esa constataci贸n, reiteran sus sempiternos discursos contra todas y cada una de las acciones de las fuerzas policiales y de seguridad, en nombre de una falaz y sedicente 鈥渓ibertad鈥.

Por su parte, Friedman y quienes coinciden con 茅l proponen legalizar el consumo y comercio de algunas drogas a fin de 鈥渂lanquear鈥 un negocio que, de todos modos, resulta inevitable y posibilitar as铆 un mayor control del mismo, adem谩s de recaudar impuestos.

Como puede verse, al igual que en las otras cuatro formas de atacar la vida aqu铆 consideradas, para proponer que se legalicen las drogas actualmente prohibidas, los integrantes del partido de la cultura de la muerte apelan al siguiente sofisma: la lucha contra el narcotr谩fico no es eficaz, por tanto pong谩mosle fin haci茅ndolo legal.

Como es obvio, el mismo sofisma podr铆a aplicarse a tantos objetivos deseables en los que las sociedades no llegan a alcanzar los resultados anhelados (el combate contra muchos delitos, la reducci贸n de la pobreza, la b煤squeda de la paz, etc.), pese a lo cual nadie en su sano juicio propone cejar en el intento.

En cuanto a la homosexualidad, es un comportamiento desviado de la sexualidad humana que, si bien en la antig眉edad ha tenido algunos apologetas, su disvalor fue manifiesto en la misma Grecia con la carga del cruel destino de su introductor que fue Layo, el padre de Edipo y ya en el relato b铆blico de Sodoma y Gomorra nos muestran percepciones an谩logas de censura a su pr谩ctica.

Como fuere, es evidente la creciente corriente que promueve que el ejercicio de la homosexualidad sea aceptado como una opci贸n de vida normal y natural, lo que se refleja, entre otras disposiciones, en la novedosa legalizaci贸n tanto de 鈥渕atrimonios鈥 homosexuales cuanto de adopciones de ni帽os por parejas del mismo sexo.

A煤n a riesgo de que se nos tenga por 鈥渉omof贸bicos鈥, queremos recordar que a todas las personas la vida nos es dada por la uni贸n de otras dos personas y que, sin desconocer los ampl铆simos avances logrados recientemente en gen茅tica y biolog铆a, no se lleg贸 y no creemos posible que nunca se llegue a anular la necesidad de que haya espermatozoides humanos masculinos que fecundan a un 贸vulo humano femenino para que se realice el proceso energ茅tico y material que genera una nueva vida humana.

Este hecho, cuya evidencia est谩n obligados a aceptar incluso quienes ignoran o rechazan toda religiosidad o cualquier dimensi贸n espiritual o social a la condici贸n humana, por una parte desmiente al individualismo absoluto desde nuestro origen vital mismo ya que la uni贸n solidaria entre un hombre y una mujer es la condici贸n imprescindible para que todo ser humano pueda ser tra铆do a la vida y nacer al mundo.

En otros t茅rminos, se puede morir solo, pero es imposible nacer solo y tampoco puede generar vida humana la uni贸n de dos hombres o de dos mujeres, por amoroso que pudiera ser ese v铆nculo.

Dada esta inmodificable verdad natural, la pretensi贸n de equiparar a una pareja homosexual con el matrimonio de hombre y mujer mediante disposiciones legales resulta tan absurdo como querer anular la ley de gravedad mediante un decreto.

Lo dicho hasta aqu铆 no impide reconocer que la persona homosexual deba ser plenamente respetada en su dignidad. Pero promover ese respeto no significa legitimar comportamientos que no est谩n en conformidad con la ley natural, ni reconocer un derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo, con la consiguiente equiparaci贸n de su uni贸n a la familia ya que, al poner la uni贸n homosexual en un plano jur铆dico an谩logo al del matrimonio o la familia, el Estado act煤a arbitrariamente y entra en contradicci贸n con sus propios deberes.

En t茅rminos generales, valga precisar que nuestro absoluto rechazo y completa intransigencia contra la pr谩ctica, la legalizaci贸n, la aceptaci贸n o la tolerancia respecto del aborto, la eutanasia, el terrorismo, la drogadicci贸n y la homosexualidad, lejos est谩 de extenderse a quienes incurren en esas pr谩cticas, quienes suelen ser v铆ctimas de sus propias acciones contra la vida y en este sentido tratamos de aplicar la m谩xima de San Agust铆n que exhortaba a 鈥渙diar al pecado y amar al pecador鈥.

驴Qu茅 lleva a adherir al Partido de la Cultura de la Muerte?

Nos resistimos a aceptar que los muchos adherentes al partido de la cultura de la muerte sean todos perversos enemigos de la vida y nos parece m谩s sensato y misericordioso suponer que la mayor铆a de ellos han de ser buenas personas equivocadas y creen estar animados de las mejores intenciones por lo que, adem谩s de evocar el refr谩n que dice que 鈥 el camino del infierno est谩 empedrado de buenas intenciones鈥 corresponde intentar entender los motivos que les llevaron a caer en la tanatofilia.

En ese intento partimos de percibir que la expansi贸n de estas cinco formas de ataque a la vida se sustenta en el creciente debilitamiento del sentido de la vida, una de las m谩s graves enfermedades de la cultura contempor谩nea que, en no pocos casos, llega a la p茅rdida total de ese sentido y en referencia a ese malestar de la cultura nos parece apropiado citar a tres pensadores que pueden servir de gu铆a en este intento de elucidaci贸n.

Las primeras citas son de Juan Domingo Per贸n quien, ya en 1949, advert铆a que 鈥渓a marcha fatigosa y r谩pida de la evoluci贸n social, como de la econ贸mica, han trastornado los habituales paisajes de la conciencia鈥 y que 鈥渄el desastre brota el hero铆smo, pero brota tambi茅n la desesperaci贸n, cuando se han perdido dos cosas: la finalidad y la norma. Lo que produce la n谩usea es el desencanto, y lo que puede devolver al hombre la actitud combativa es la fe en su misi贸n, en lo individual, en lo familiar y en lo colectivo鈥 [3].

Acerca del mismo tema, en una rica obra publicada 20 a帽os despu茅s de que Per贸n escribiera lo antes citado, el soci贸logo estadounidense Daniel Bell, al considerar la crisis cultural que percib铆a diagnosticaba que 鈥渆l problema real de la modernidad es el de la creencia. Para usar una expresi贸n anticuada, es una crisis espiritual, pues los nuevos asideros han demostrado ser ilusorios y los viejos han quedado sumergidos. Es una situaci贸n que nos lleva de vuelta al nihilismo; a falta de un pasado o un futuro, s贸lo hay un vac铆o鈥 [4].

Por su parte el Sumo Pont铆fice Juan Pablo II, en su enc铆clica Fe y Raz贸n , actualiza las advertencias de Per贸n y de Bell al afirmar que 鈥渃omo consecuencia de la crisis del racionalismo, ha cobrado entidad el nihilismo. Como filosof铆a de la nada, logra tener un cierto atractivo entre nuestros contempor谩neos. (鈥) En la interpretaci贸n nihilista la existencia es s贸lo una oportunidad para sensaciones y experiencias en las que tiene primac铆a lo ef铆mero. El nihilismo est谩 en el origen de la difundida mentalidad seg煤n la cual no se debe asumir ning煤n compromiso definitivo, ya que todo es fugaz y provisional鈥 [5].

- Una creciente tendencia a que los v铆nculos de las personas con la realidad en general y en especial con las otras personas sean menos permanentes y profundos y m谩s ef铆meros y superficiales, entre cuyos efectos destaca el debilitamiento de la familia.

- Una percepci贸n distorsionada del tiempo causada por la dificultad humanas para aprehender en su interioridad el ritmo acelerado de los cambios exteriores, en especial los generados por las fenomenales transformaciones suscitadas por la ciencia y la tecnolog铆a.

- Una creciente renuencia a asumir las responsabilidades individuales que son propias de la vida (por dar apenas un ejemplo, es perceptible que muchas familias buscan desentenderse de la educaci贸n de los hijos y delegarla por completo en las instituciones escolares o en la televisi贸n).

- Un extendido hedonismo que induce a rechazar al sufrimiento como un componente inevitable de la experiencia vital que dista de ser in煤til.

- El ocaso del sentido trascendente de la vida, que reinstal贸 con agudeza un miedo enfermizo a la muerte entre cuyos efectos indirectos est谩 el rechazo de los ancianos 鈥 tal vez porque son testigos inc贸modos de la inevitabilidad del camino humano hacia una muerte terrenal que en ellos est谩 m谩s cercana 鈥 y el culto a la juventud, entre cuyas manifestaciones m谩s fr铆volas pueden citarse la creciente recurrencia a la cirug铆a est茅tica o la vestimenta 鈥渋nformal鈥 que tienden a adoptar los adultos, imitando a los j贸venes.

- El deterioro de la identidad personal y la adopci贸n de un modo de vida cotidiana menos humano que padecen muchos de los que migraron desde el campo y desde ciudades peque帽as y medianas a las megal贸polis contempor谩neas, acerca de lo cual Samuel P. Huntington afirma que 鈥渁 nivel individual, las migraciones de personas hacia ciudades, escenarios sociales y ocupaciones desconocidas, destruyen los v铆nculos locales tradicionales, generan sentimientos de alienaci贸n y provocan crisis de identidad para las que la religi贸n, con frecuencia, ofrece una respuesta鈥.

- La secularizaci贸n y desacralizaci贸n de la sociedad, que condujo a la p茅rdida del sentido de lo sagrado y de lo santo y a que el hombre recurra menos a la religi贸n que a la ciencia para encontrar las seguridades que necesita para vivir.

Sin que este diagn贸stico pretenda ser completo o exhaustivo, creemos que en estos s铆ntomas de la enfermedad que padece la cultura contempor谩nea pueden encontrarse algunas de las causas del respaldo o la tolerancia hacia conductas contrarias a la vida como el aborto, la eutanasia, el terrorismo, la drogadicci贸n y la homosexualidad que proponen los partidarios de la cultura de la muerte.

Quienes estamos entre los defensores de la cultura de la vida y recibimos el don de la fe tenemos la certeza de que Jesucristo venci贸 definitivamente a la muerte y por eso podemos librar esta batalla sabiendo que, m谩s temprano o m谩s tarde, obtendremos la victoria.

Pero existen, adem谩s, constataciones que no se apoyan en la fe sino en la observaci贸n de algunos datos de la realidad, que dan fundamentos a nuestra esperanza.

Entre esos datos de la realidad que afirman nuestra esperanza en la victoria no es el menor que Juan Pablo II haya sido y George W. Bush sea dos de los l铆deres m谩s destacados del bando de quienes reivindicamos la cultura de la vida y combatimos la cultura de la muerte sean.

Es un hecho que, sin mengua de las muchas diferencias que existen entre el Papa y el Presidente de los Estados Unidos, hay en ambos notables coincidencia en sus palabras y sus hechos que tienden a una firme reivindicaci贸n de la cultura de la vida y una intransigente oposici贸n al aborto, la eutanasia, el terrorismo, la drogadicci贸n y la homosexualidad, en tanto son cinco formas de manifestaci贸n de la cultura de la muerte.

Es para nosotros evidente que Juan Pablo II, sin menoscabo de su condici贸n de Vicario de Cristo, ha sido el l铆der internacional que ha reunido en s铆 m谩s autoridad y a pesar de que es posible que la Santa Sede sea el Estado con menos fuerza militar de todos los que hay en el mundo, su m谩ximo 鈥済obernante鈥 est谩 dotado de una fortaleza espiritual que, adem谩s de venir de Aquel al que representa en la tierra y de sus propias condiciones personales, procede del amor que suscita en gran parte de la humanidad, lo que se expresa en esa consigna coreada por pueblos en todo el planeta que dice: 鈥淛uan Pablo Segundo, te quiere todo el mundo 鈥.

Tanto antes, cuando estaba dotado de salud y vitalidad f铆sicas, como cuando lo abat铆an la enfermedad y el decaimiento f铆sicos, Karol Woytila fue el testimonio de que es posible vivir y obrar conforme a las tres virtudes teologales 鈥揻e, esperanza y amor鈥 y suscitar un respeto, reconocimiento y cari帽o casi universales.

Dotado de una formaci贸n intelectual y un talento pol铆tico en el que se combinan la firmeza y la sutileza que evocan a P铆o XII y un carisma y una simpat铆a que gana el afecto de las multitudes como sucediera con Juan XXIII, el extinto Papa fue un actor decisivo del proceso que condujo al colapso del comunismo y tambi茅n un l煤cido analista de ese proceso seg煤n puede constatarse en su enc铆clica Centessimus Annus, entre otros de los muchos y ricos textos que produjo en su largo papado.

No es nuestra intenci贸n hacer aqu铆 la apolog铆a de Juan Pablo II y menos a煤n la ex茅gesis de sus riqu铆simos aportes a la doctrina de la Iglesia, pero quisimos destacar apenas algunos de los elementos que ayudan a comprender la importancia y significaci贸n de que sea 茅l uno de los m谩s destacados, si no el m谩s destacado, de los l铆deres del partido que formamos quienes reivindicamos la cultura de la vida y combatimos a la cultura de la muerte.

Es un dato m谩s novedoso la alineaci贸n en este bando del presidente de los Estados Unidos y aunque, as铆 como no quisimos hacer la apolog铆a de Juan Pablo II menos a煤n haremos la de George Walker Bush, es de tener en cuenta que, a煤n quienes le critican sin l铆mites ni medida, no pueden menos que admitir que Bush gobierna el pa铆s que en el mundo de hoy tiene, por mucho, el mayor poder econ贸mico, financiero, tecnol贸gico y militar.

Que Bush asumi贸 la firme decisi贸n de luchar contra el terrorismo hasta derrotarlo se hizo evidente a partir de su reacci贸n frente a los ataques a su pa铆s del 11 de setiembre del 2000 y esa voluntad se consolid贸 a partir del claro respald贸 que recibi贸 del pueblo de Estados Unidos al ser reelegido para un segundo mandato presidencial.

Pero en lo que el actual presidente de los Estados Unidos y la corriente mayoritaria del Partido Republicano llamada 鈥渘eoconservadora鈥 que lo tiene como l铆der y cuyos representantes ocupan posiciones claves en su gobierno, m谩s se diferenci贸 de los anteriores ocupantes que tuvo la Casa Blanca desde 1960 fue en la posici贸n adoptada frente al aborto, la eutanasia, la homosexualidad y la drogadicci贸n.

Todos los que ejercieron la Presidencia de los Estados Unidos, desde John Kennedy hasta Bill Clinton 鈥 incluso los republicanos Richard Nixon y Ronald Reagan 鈥 tuvieron pol铆ticas de relativa complacencia frente a esos comportamientos contrarios a la vida, que oscilaron entre el respaldo m谩s o menos expl铆cito a aceptarlos como conductas tolerables y la resignaci贸n m谩s o menos indiferente a tenerlas como un mal inevitable.

En contraste, Bush y la tendencia 鈥渘eoconservadora鈥 del Partido Republicano, proponen defender los derechos a la vida, a la libertad y a la propiedad a trav茅s de la expansi贸n al mundo entero de la democracia pol铆tica y la econom铆a libre, rescata valores tradicionales como la Patria, la familia y la religiosidad, reivindica el car谩cter sagrado de la vida y se opone a la aceptaci贸n y tolerancia respecto las conductas que la niegan, como son el aborto, la eutanasia, el terrorismo, la drogadicci贸n y la homosexualidad.

Esa propuesta fue claramente respaldada por la mayor铆a de los estadounidenses que votaron en gran n煤mero en las elecciones presidenciales del pasado noviembre, en cuyo resultado tuvo una influencia determinante la posici贸n de los candidatos acerca de los valores que hacen a la cultura de la vida, seg煤n lo reconocieron todos los observadores, incluso los m谩s adversos a los 鈥渘eoconservadores鈥 del Partido Republicano.

El respaldo electoral de la mayor铆a de los estadounidenses a quienes alzaron los valores propios de la cultura de la vida en base a principios religiosos, se compadece con la tradici贸n de ese pa铆s, tan diferente de la que impregna la cosmovisi贸n de los dirigentes europeos 鈥搎uienes promueven una Constituci贸n que desconoce las ra铆ces cristianas de Europa鈥 y tambi茅n de la mayor parte de las clases dirigentes de Am茅rica Latina, que ya desde el siglo XIX fueron moldeados en su conciencia por un marcado eurocentrismo y, en especial, por su adhesi贸n al racionalismo lacisita de la Francia revolucionaria.

Al respecto vale citar una observaci贸n de Paul Johnson, quien menciona que 鈥淟a diferencia esencial entre la Revoluci贸n norteamericana y la Revoluci贸n francesa es que la primera, en sus or铆genes, fue un acontecimiento religioso, mientras que la segunda fue un acontecimiento antirreligioso. Ese hecho habr铆a de moldear a la Revoluci贸n norteamericana de principio a fin y ser铆a un factor determinante de la naturaleza del Estado independiente al que dar铆a el ser鈥 [6].

El distanciamiento de Dios y de la religi贸n asumidos por la mayor铆a de los estados europeos y latinoamericanos, llev贸 que el cardenal Joseph Ratzinger afirmara 鈥渜ue un estado que, por principios, se proclame agn贸stico respecto de Dios y de la religi贸n y que fundamente el derecho nada m谩s que sobre la opini贸n de la mayor铆a, tiende desde adentro a reducirse al nivel de una asociaci贸n para delinquir鈥, a lo que a帽ad铆a que 鈥渄onde Dios es excluido, entra en su lugar la ley de la organizaci贸n criminal, no importa si ello sucede en forma desvergonzada o atenuada鈥. [7].

El hecho que el Papa y el Presidente de los Estados Unidos encabecen a quienes somos partidarios de la cultura de la vida en la lucha contra el aborto, la eutanasia, el terrorismo, la drogadicci贸n y la homosexualidad siendo, como fue dicho, el l铆der espiritual con m谩s autoridad y el l铆der pol铆tico con m谩s poder en el mundo; explica que ambos sean los blancos contra los que se concentra el ataque de los sostenedores de la cultura de la muerte.

Por fin, nuestra activa esperanza en la victoria de la cultura de la vida se inspira en el vigente mensaje que nos daba el general Per贸n hace ya 55 a帽os en la obra antes citada, cuando anticipaba que 鈥渆s presumible que dependa de nosotros un Renacimiento m谩s luminoso todav铆a que el anterior, porque el nuestro, contando con la misma fe en los destinos, cuenta con un hombre m谩s libre y, por tanto, con una conciencia m谩s capaz. 鈥. [8].

Para construir ese nuevo Renacimiento se requiere fortalecer el pensamiento y la acci贸n de quienes nos asumimos partidarios de la cultura de la vida, tendiendo a realizar los siguientes objetivos, que podr铆an configurar as铆 nuestro dec谩logo program谩tico.

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