Cualquier día de cualquier mes de cualquier año, en cualquier avenida o calle de cualquier ciudad de Estados Unidos pueden verse carteles oficiales con fotografías y detalles de sicópatas, violadores, secuestradores y asesinos en serie, buscados por la policía y el FBI.

Se ofrecen sus señas personales, apodos, direcciones, datos de familiares y amistades y se alerta a los ciudadanos acerca de la peligrosidad del sospechoso buscado.

En caso de topar con él o con algún parecido, se desencadena toda una enorme operación policial en la cual intervienen oficiales y agentes federales, policías estaduales, alguaciles de condados, la Guardia Civil, los bomberos, los grupos especiales de asalto, francotiradores, especialistas en rescate y negociadores de rehenes, sicólogos, camarógrafos, fotógrafos, periodistas y hasta sacerdotes de diversas denominaciones religiosas.

Muerto o arrestado el sujeto, todo vuelve a la aparente calma hasta que mañana un aviso similar vuelva a poner en vilo a millones de estadounidenses.

Ah, pero si el asesino o los asesinos sencillamente han dedicado sus vidas a ultimar a personas como Orlando Letelier y Ronnie Mofitt, en pleno centro de Washington D.C., al hacer estallar por control remoto un potente explosivo en su automóvil, entonces nadie busca a nadie. Y si aparentan buscar, jamás encuentran.

Así ocurrió el 21 de septiembre de 1976, cuando el ex embajador de Chile en Estados Unidos, titular del Exterior y de Defensa del país sudamericano, marchaba con su vehículo por una de las avenidas de la zona diplomática de la capital federal de Estados Unidos.

A plena luz del día la carga de explosivo C-4, que solo poseía la CIA en aquella época, cercenó las piernas de Letelier, cortó de un tajo la arteria aorta de su secretaria Ronnie, les ocasionó la muerte casi instantáneamente, y ocasionó graves heridas al esposo de la joven estadounidense.

A decenas de metros de distancia, edificios de viviendas y establecimientos comerciales fueron seriamente averiados por la potente detonación.

Los altamente calificados oficiales del FBI comenzaron inmediatamente la fase investigativa de un hecho que ocurría por primera vez en la Historia de Estados Unidos: una bomba en pleno centro de Washington D.C.

Pasó el tiempo y jamás aparecieron los culpables: ni los autores intelectuales ni los materiales del horrendo crimen. La CIA guardó perfectamente en sus archivos secretos todos los documentos con nombres, planes, planos, mapas, movimientos, horarios, material a utilizar y fecha del atentado.

Hasta que un buen día los archivos fueron desclasificados en Estados Unidos, mientras que en una cárcel de Chile, donde veranea desde hace años, el ex general Manuel Contreras, jefe de la tenebrosa policía política fascista de Pinochet, comenzaba a hablar hasta por los codos, en un pase de cuentas a su antiguo jefe, que lo abandonó en su desgracia.

Contreras relató el 20 de septiembre del 2000 al diario "La Segunda" que se había reunido en 1975 en la capital estadounidense con el agregado militar chileno, quien le había concertado una entrevista con el senador Frank Church, a quien logró convencer en pocos minutos que las denuncias sobre atropellos, torturas y crímenes en Chile eran pura propaganda comunista.

El intermediario para esta cita fue el general Vernon Walters, íntimo amigo de los presidentes Eisenhower, Nixon y Reagan y segundo Jefe de la CIA.

Walters le propuso a Contreras que el gobierno de Pinochet invirtiera dos millones de dólares para sufragar un "lobby" con Church y otros cuatro senadores y que la DINA se convirtiera en filial de la CIA en Chile.

Le orientó que viajara a Venezuela para que conociera el trabajo que desarrollaba la DISIP, dirigida por siete cubanos "anticastristas".

Y hablaron de eliminar a Orlando Letelier, entonces principal figura de la izquierda chilena, aseilado en Estados Unidos, don de se desempeñaba como profesor y conferencista en el Instituto de Estudios Políticos.

Comenzaba a engendrarse el Plan Cóndor, que tantas vidas cobró en Sudamérica.

Contreras cumplió su parte y de regreso a Santiago de Chile se reunió con un enviado especial de Vernon Walters: un agente de la CIA y la DINA, nacido en Estados Unidos y criado en Chile, Michael V. Townley, integrante del grupo fascista paramilitar "Patria y Libertad", que tanto hizo por el derrocamiento del Gobierno Constitucional de Salvador Allende.

De acuerdo ambos en el crimen, Townley reingresó a Estados Unidos con pasaporte falso, cedido por el dictador Alfredo Stroessner, a petición de Vernon Walters.

La suerte de Letelier estaba echada. Townley recibió instrucciones precisas de cumplir su misión con el apoyo de varios mafiosos cubanos radicados en Miami: Virgilio Pablo Alejandro Paz Romero, José Dionisio "Charco de Sangre" Suárez Esquivel, los hermanos Novo Sampoll y Alvin Ross.

Townley consiguió en explosivo C-4, lo preparó y le colocó el detonador a distancia por medio de control remoto.

Virgilio, Dionisio, los hermanos Novo y Alvin se encargarían de ejecutar la acción.

Personalmente Townley colocó el artefacto bajo el vehículo de Letelier, la noche antes del asesinato. Después lo siguieron desde otro automóvil y Dionisio y Virgilio se encargaron de accionar el detonador.

Todos estos personajes estuvieron involucrados en el asesinato del joven puertorriqueño Carlos Muñiz Varela. Dionisio fue acusado de hacer estallar bombas en Nueva York y Nueva Jersey el 26 de marzo de 1979.

Lanzaron un cohete contra el edificio de la ONU, hicieron estallar embarcaciones en puertos estadounidenses y en menos de 18 meses detonaron más de 100 bombas en varias ciudades norteamericanas.

George Bush padre, entonces Jefe de la CIA, los llamó a capítulo y les recordó que su misión era luchar contra Castro y no contra Estados Unidos, por lo cual les propuso que se reunieran en Bonao, República Dominicana, para que organizaran sus planes futuros.

Nació el CORU, encabezado por el médico de la muerte, Orlando Bosch Dávila y Luis Posada Carriles, e integrado por todos estos asesinos en serie.

Esa misma noche, en Bonao, se habló alto y claro de asesinar a Orlando Letelier. Y quedaron bien con Mr. Bush padre, aunque el atentado no quedó más remedio que realizarlo en territorio de Estados Unidos.

Bush entendió perfectamente que no había otro remedio. Pero los demás había que ejecutarlos fuera y mientras más lejos, mejor.

Apenas 15 días después, estos mismos sicópatas hicieron estallar en pleno vuelo un avión de Cubana de Aviación en las costas de Barbados, y causaron la muerte de sus 73 ocupantes cubanos, guyaneses y coreanos, "comunistas todos y agente3s del G-2", como ha reiterado Bosch a televisoras y periódicos.

Después y antes detonaron bombas en Argentina, México, Canadá, Portugal, Jamaica, Venezuela, Italia, España y otras naciones.

Mucho tiempo después, algunos implicados en el crimen de Letelier fueron arrestados en Miami y condenados a cadena perpetua.

Pero entonces Bush Hijo de P…apá hizo lo mismo que su progenitor con Orlando Bosch: indultó a los asesinos, algunos de los cuales volvieron a ser encarcelados en Panamá por tratar de realizar uno de los más de 600 atentados contra el Presidente Fidel Castro, esta vez en el paraninfo de la Universidad de ese país, con enormes cantidades de explosivos, que podría haber ocasionado cientos de muerte4s inocentes.

Indultados por la corrupta y comprada ex presidenta Mireya Mocosa, quien recibió órdenes en tal sentido de manos de Colin Powell, enviado personal de Bushito, todos gozan de absoluta libertad en Miami.

El archiasesino Michael Townley hizo un trato con la Fiscalía. Denunció a quienes el FBI y los fiscales le dijeron que denunciara, a cambio de una breve condena y ser acogido en el programa de protección de testigos.

Le cambiaron el nombre, la dirección y hasta el rostro mediante una cirugía estética. Y si te he visto no me acuerdo.

Solo queda uno: Posada Carriles, a quien el gobierno de Mr. W. Bush lo tiene hospedado en una suite de cinco estrellas plus en un Centro de El Paso, Texas, su Estado de tantas ejecuciones, y está siendo procesado por los tribunales: solo que no por acusaciones de terrorismo, asesinatos en serie o nada parecido, sino por entrada ilegal a Estados Unidos.

Y están al dejarlo en libertad, no para cumplir los procedimientos judiciales, sino para que no vaya a contar todo lo que sabe, como ya hizo Manuel Contreras en Chile.

En definitiva, Contreras se vengó de Pinochet, y Posada Carriles puede hacerle pasar un mal rato al clan de los Bush, de ese mismo Bush Padre que indultó antes a Orlando Bosch, y del Bush Hijo que el 20 de mayo del 2002 se vanaglorió en Miami hablando horrores de Cuba, rodeado bien de cerca por toda esta banda de matones, que aparecen en los videos y fotografías junto a él, autorizados todos por el FBI.

Por eso: ¡¡Peligro!! ¡¡Los asesinos andan sueltos!!

Bush es capaz de gastar miles de millones de dólares de los contribuyentes para "encontrar y capturar" a su otro socio de familia, Osama Bin Laden, quien desde hace más de cinco años no ha sido localizado.

En su búsqueda arrasaron con Afganistán, donde han muerto cientos de jóvenes estadounidenses, que creen combatir contra el terrorismo.

Pero a su lado, junto a él, dándose las manos y la lengua, tiene a otros terroristas y asesinos en serie confesos, convictos, prófugos e indultados, y Bush solo sabe tirarles la toalla.

Los asesinos sueltos, que ponen en peligro vidas humanas dentro y fuera de Estados Unidos, no son solo los mafiosos cubanos o el testigo protegido Michael Townley.

Debajo de las fotografías de todos los Bush, habría que poner siempre el famoso cartelito: ¡¡Se buscan!!

Mientras, Chile, Venezuela, Cuba, Corea, Guyana, México, Argentina, Italia, Portugal, España y toda la Humanidad esperan por que se haga justicia.

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