Antaño, cuando nos quedamos sin la legendaria playa de los Tres Arboles (que tenía sus boyas y sus postes para vedar las zonas de peligro) y también pasó a mejor vida el chapuzón en el arenal lodoso de Los Pelambres (playita que la modernidad cutre rebautizó como Benidorm), esas fajas ribereñas del Duero cayeron en el abandono y en la indolencia pública y, desterrado el baño, ya eran escasos los zamoranos que bajaban a comerse la tortilla junto al río, a la sombra de álamos, negrillos y moreras. Aunque los incondicionales siguieron frecuentando al padre Duero y sus orillas en tan precarias condiciones, lo cierto es que la Zamora urbana le dio la espalda por completo al río (menos los pobladores de Pinilla, Cabañales, San Frontis y Olivares, porque el Duero era y es parte de sus casas). La verdad es que daba pena ver tanta desidia, que algunos atrevidos denunciaban mediante cartas a El Correo. "Los gobernantes no arreglan los márgenes del río ni las playas porque ellos veranean en Las Bahamas", tengo leído. Y no sé si firmado.

Bueno, pues a la vuelta de poco más de un cuarto de siglo el panorama es mucho más halagüeño, aunque el río y sus aledaños hayan perdido su salvaje naturalidad y su frescura. Cuando ya está integrado en la ciudad y forma parte de ella como una calle más -faltan puentes y pasarelas para que la verdad sea completa-, no hay más solución que someterlo a operaciones de cirugía estética para adecuarlo a los gustos, usos y costumbres urbanitas. Ha ocurrido en todas las ciudades con río por medio, aunque la nuestra haya sido de las últimas en ponerse manos a la obra. Hoy los bordes del Duero, a uno y otro lado, son más o menos practicables e incluso atractivos en muchos casos para entretener los atardeceres veraniegos, pegarse una buena cena a la fresca o ejercer el placer del paseo en primavera y en otoño. Lo de las playas, aunque los gobernantes se empeñasen en recuperar alguna zona, sería sólo para héroes, dadas las condiciones sanitarias del agua y los serios peligros que esconde un río como el nuestro.

No digo que la situación sea idílica y sublime, pero si hacen memoria verán que las condiciones han mejorado de forma espectacular. Chiringuitos más que decorosos en el paseo de Las Payas, en Los Tres Arboles y en Los Pelambres; parque cuidado en el barrio de Olivares, molinos recuperados y veredas transitables para todas las edades; un carril-bici ribereño que -aunque ya tiene agujeros- sí hace honor al nombre, no como el que nos pintaron en Valorio; unas históricas Aceñas en Cabañales que, con su polémica restauración y todo, pueden visitarse -cuando las abren, claro-, aunque también es una potencial zona de recreo que no sé por qué está medio vedada al público y por qué ya no funciona el chiringuito...

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