La verdad es que mi pasión por la televisión, sea mundial o autonómica, es auténticamente nula; pero he de reconocer que algunos documentales de sofá y alguna que otra serie lograron atraparme en sus redes. Por ejemplo, hace ya muchos años acudía, con auténtica pasión de televidente -sin zapear, porque entonces no había mandos a distancia-, a la emisión de una de las más famosas historias de sagas familiares que se produjeron jamás, «Hombre rico, hombre pobre», un remedo de Caín y Abel tras la II Guerra Mundial. Las peripecias (ambición, codicia, rebeldía, lujuria, adulterio, amor...) de Rudy Jordanche («a rich man») y de su hermano Tom («a poor man») y, sobre todo, la intrínseca maldad del infame Falconetti, tuerto por más señas, me hicieron perder amigos -por quedarme en casa a ver la tele- y mantuvieron en mí un estado de ansiedad que no superé hasta el final del último capítulo. Creo que fue la primera y última vez que experimenté lo que se ha venido llamando drogadicción por la caja tonta.

Series y más series, sean maxi o mini, seriales y más seriales, junto con culebrones y más culebrones, parecen condicionar la vida política y social de nuestra era. No voy a entrar en el larguísimo conflicto entre los talibanes del Islam y los de la democracia «antiterrorista y a toda costa», que nos mantiene en vilo cíclicamente y nos hace mirar hacia lo que de niños nos enseñaron a nombrar como Tierra Santa -y sus aledaños-, ni pienso referirme hoy al más que tedioso asunto de buscar conexiones al 11-M por parte de algunos altos responsables del Partido Popular (sospecho que la mayoría de sus militantes también está harta de esa forma de hacer política). Voy a hablar brevemente de algunos aspectos infraambientales que también parecen deslizarse por la suave pendiente del serial interminable.

Anunciada ya la solución definitiva para el famoso y montaraz hotel de Brañagallones, con los lobos del Cuera espoleados por nuevos somatenes más numerosos y, seguramente, mejor pagados (de eficacias ya hablaremos), y con el Espartal con su título monumental desde hace unos días (tras cinco años desde que salió por primera vez a información pública), nos queda recordar algunos anuncios que siguen incumplidos. Muniellos, acosado periódicamente por el fuego, sigue durmiendo el sueño de los justos, mientras su plan rector de uso y gestión se apolilla desde el 10 de febrero de 2005, cuando los ciudadanos fuimos convocados a opinar en un procedimiento de información pública. El del parque de Fuentes del Narcea sigue un periplo similar y el de Ponga lleva igual camino. «Paca» y «Tola», las osas con presunto derecho natural a la maternidad, esperan la próxima campaña electoral para que alguien decida si son autorizadas a serlo. El paisaje protegido de las comarcas mineras (¿o es de las escombreras, como dicen sin pudor algunos altos funcionarios de la Administración regional?) parece haber pasado a vida latente como el participativo e innovador foro de la ría de Villaviciosa.

Series, seriales y culebrones, algunos títulos en el recuerdo como las españolas «La casa de los líos», «Siete vidas», «Los Serrano», «Aída» y «El Comisario» y las extranjeras «Los Simpson», «House» o la que da nombre a este artículo, Betty, la secretaria que se transmuta en belleza para un final feliz. Algo como lo que estarán ansiando algunos personajes tras su exitoso paso por la cosa pública sin salirse del libro. Ésa es la clave para tener una gran recompensa. Lo malo es que algunos libros de ruta son dignos representantes de aquella colección -Enciclopedia Pulga- que por 1,50 pesetas los españolitos podíamos comprar en pleno franquismo y así estar al día sobre variopintos temas. (El saber no ocupa lugar, era el lema de la colección).

Claro que algún que otro personajillo de los que circulan por estas tierras, por su cultura política enciclopedista, parece más familiarizado con el tratado escrito por el argentino-almeriense Manuel García Ferré y que protagonizaba un casposo personaje, un infantil, ridículo y engolado pingüino con chupete y todo, que respondía al nombre de Petete y que también protagonizaba su serie televisiva, «El libro gordo de Petete». «El libro gordo te enseña, el libro gordo entretiene, y yo te digo contento, ¡hasta el carguito que viene!».

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