Cirugía Plástica y Reparadora.
Cincuenta años no es nada...
Mucho. Yo sentía el País Vasco como propio y estaba muy cerca de los grupos abertzales. En mi cuadrilla era de los pocos que no hablaban euskera, pero aceptaban con normalidad que hablara castellano. Yo era uno de los suyos. Mi novia de entonces, que llegó a estar muy cerca de ETA, conociéndome y queriéndome como me quería, me dejó al margen y me dijo: “Va a ser más valioso para ti que te dediques a lo que quieres… No quiero que te tuerzas aquí”. Eso fue también definitivo en mi decisión de irme a Madrid en agosto de 1975.
Así es. Nada más llegar a Madrid, a la Escuela de Arte Dramático, con dos únicos avales: el Premio Nacional de Teatro, ganado con El sombrero de tres picos, y el nombre de Juan Diego, al que había conocido en Éibar actuando con María Paz Ballesteros. Pero exigían bachillerato completo, que yo no tenía, y me denegaron la matrícula. En medio de la desesperación apareció un ángel llamado Azufre del Pozo –que luego fue actor con Lindsay Kemp–, que me dijo que lo que tenía que hacer era meterme en una clase hasta que me echasen. Ricardo Lucía, profesor de interpretación, descubrió un día que no estaba en la lista, y cuando vio mi entrega me dijo que me quedara, y lo hice, ¡tanto que me quedé un año entero! [risas de orgullo].
Pues malamente… Me mantenía gracias a unas perras que sacaba como figurante, con o sin frase, en el teatro de la Zarzuela, donde llegué a tener una especie de empresilla de figuración especial para teatros, para los que buscaba lo que me pedían. Malvivía en un piso compartido con tres personas en Canillas. ¡Comí bocadillos a destajo! Hasta que logré un pequeño papel en la función de La vida es sueño, de Calderón, que dirigía José Tamayo en el teatro Bellas Artes: era el capitán de los soldados. Yo decía [se pone en pie y escenifica]: “Aquí está, arrestadle, presto”. El protagonista era Juan Diego, quien me invitó a ser representante de la escuela en las asambleas del Sindicato de Actores.
De 360 grados. Miguel me llamó para hacer La dama con perrito, de Antón Chéjov, y me hizo un favor inmenso porque ello me permitió situarme automáticamente dentro de la órbita de los actores, con un nivel de estudio muy serio, que estaban trabajando con él, como Ana Belén, Carlos Hipólito, María Ángeles Egea, Berta Riaza, Enriqueta Carballeira y, claro, Juan Diego, que fue mi padrino artístico y el de mucha gente.
Aquello resultó una superproducción de época sobre el final de la dominación española, a finales del siglo XVIII, que, al no estar bien planificada, colapsó a todo el resto del cine cubano, que dedicó a sus mejores técnicos a la película, y que fue un fracaso. Pero a mí me sirvió para aprender lo fundamental: lo que son las distancias, a pararme en las señales y a mirar a cámara.
Muchos días que tenía libres salía con la hija de Fidel Castro, Alina, y nos íbamos con Titón Gutiérrez Alea a ver películas en la Filmoteca Nacional de Cuba. Me empapé de todo el cine de Visconti, Antonioni, la nouvelle vague y el mejor cine norteamericano. ¡Aquello fue una auténtica universidad! Volví en 1982 hecho un actor de cine.
Porque fue el primero que lo dijo con descaro; pero, en realidad, mi primer papel en el cine me lo dio Pedro Olea en La Corea, en 1976, antes de irme a Cuba. Cuando, a finales de 1982, rodé Laberinto de pasiones estaba deslumbrado con Almodóvar; era ya un auténtico fenómeno. Me intimidaba la aureola que tenía ya. Recuerdo que me dio el papel de Reza Niro por indicación de Cecilia Roth. Él buscaba un “actor situado” y yo empezaba a serlo. ¡Qué locura fue aquello!… Firmamos el contrato en el baño de la discoteca El Sol.
Sí, nos convirtió en un referente gay a mí y a Antonio Banderas, mi compañero –y amigo– de reparto. Recuerdo que cuando se pasó la película en el festival de San Sebastián invité a toda mi familia al estreno. Para mi padre se hacía realidad aquello de que los actores eran todos unos maricones. Se fueron del cine avergonzados, sin saludar a nadie –ni a mí–, y no nos vimos hasta muchas horas después.
Yo nunca he sido un actor muy querido por Pedro. No hubo química. Pedro decía que yo era muy aburrido, que no hablaba con nadie, que era un actor víctima de una vida que tenía que representar, y que era interesante el resultado, pero que rodar conmigo era un auténtico coñazo. Eso cuenta en su primer libro, y conste que nunca me he peleado con él.
Posiblemente. Creo que durante años no me perdonó que en aquel festival de San Sebastián no fuera a la fiesta de Laberinto de pasiones porque estaba también promocionando la película de Manuel Gutiérrez Aragón, Demonios en el jardín, que fue la que ganó, y yo me llevé el premio al actor revelación. Creo que aquello no le gustó nada a Pedro, que tardó 13 años en volver a llamarme [La flor de mi secreto, en 1995]. Yo ya estaba muy hecho, más curtido, y Pedro decía: “Por favor, que callen a Imanol, que es que no he visto a nadie más simpático, que es demasiado simpático”.
El propio Gutiérrez Aragón me contó que me contrató por el físico, porque necesitaba actores nuevos, de repuesto. También recuerdo que, unos años más tarde, Vicente Aranda me confesó que me había contratado para hacer el papel protagonista en Tiempo de silencio [1986] porque le habían contado que yo era “la persona adecuada para llevar la gente al cine”, y luego añadió: “Además, no creo que sea tan mal actor como para joder esto”.
El caso es que, sí, en 1982 me caen encima ya papeles de protagonista y empiezo a darme cuenta de que el juego se estaba poniendo muy serio. Y al mismo tiempo se desató algo muy fuerte, para lo que no estaba preparado: la fama, las entrevistas, el dinero…, y es cuando me volví loco y creí que ser actor no es lo importante, que lo importante es la vida del actor; es morirse joven, ser una persona que lo dé todo en escena, pero también vivir la vida a tope, y, claro, te disparas, te drogas, acaparas, amas y follas sin parar en una carrera hacia adelante, sin freno.
Desde luego. Era una época en que estuve metido en la droga, cuando el trabajo, que era otra droga, me quitaba la vida. Es esa época en que no me gustaba ser actor, sino vivir como supuestamente vivía un actor: explotando la bohemia, a tope. No tenía reposo, vivía en un torbellino que me hacía imposible lograr el punto de vista de los personajes que interpretaba. Las peores películas, los peores trabajos, los más desproporcionados de mi carrera pertenecen a esa etapa.
Sí, pero hice unas cuantas más que se me fueron de las manos. Porque yo no era golfo de calle, sino de casa; no dormía, no bebía, pero tomaba otras cosas para aguantar, para no dormir. Entre toma y toma, me despertaba, me ponía delante de la cámara, rodaba y al acabar volvía a dormir. O sea, que trabajaba en ese límite entre dormir y estar despierto. He perdido muchos años en aprender que a mí lo que realmente me gusta es actuar, dormir en casa y llegar al rodaje y actuar.
En ese tiempo me dañé mucho porque no fui capaz de hacer algo que es básico para un actor: estar tranquilo, leer con calma los guiones antes de decidir y trabajar bien los personajes. Mi impericia en ver las cosas con perspectiva me empujaba a leer mal los guiones; me encaprichaba con las películas si alguien me ponía un reto, con lo cual se corrió la voz y te tocaba hacer unas gilipolleces terribles.
Lo malo es convertirte en un descubrimiento. En ese tiempo que pasa entre ser un descubrimiento y ser un tipo normal en el oficio está el riesgo. Me ofrecían todo el tiempo cosas, me agasajaban. Un día me decían que era el hombre del año; otro, que el rostro más bello, que si era un galán como Ives Montand; otro día, en fin, decían que era un gudari disfrazado de gitano, y, claro, te vuelves loco.
Sí. Hay un momento, en 1994, en que regreso de Buenos Aires muy tocado, después de una temporada larga, intensa, en esa ciudad maravillosa que es Buenos Aires. Aparte de las funciones en el teatro, donde representábamos Calígula, de Camus, hacíamos funciones gratuitas para estudiantes, participaba en tertulias, tenía un programa de radio…, y reventé. Volví jodido, flaco y desfondado, pero creyéndome la hostia.
Y pasó lo que tenía que pasar, que una parte del negocio, que es la televisión, me dio un aviso muy claro, y cuando me pusieron delante de la cara los hechos –es decir, que me estaba subiendo a la parra en el dinero que pedía por capítulo para seguir en la serie Querido maestro– reaccioné mal y no quise reconocer la situación, y me dejaron fuera de la serie, me echaron. Me fui de la profesión durante dos años. Eso ocurrió hace unos diez. Luego me perdonaron, pero aprendí la lección.
Estaba realmente jodido; la gente dejó de llamarme, pasé dos años en el dique seco, y además enfermo por culpa de una bacteria que me produjo una úlcera de estómago que me hacía retorcer de dolor. Me curé al sol de Cádiz, una provincia que amo y que descubrí entonces. Pero lo peor de ese tiempo era estar lejos de la profesión, sentir –temer– que me hubieran olvidado mientras estaba en Argentina.
Invertí todos mis ahorros en una empresa de diseño de robots para ser usados en la limpieza y sellado de tuberías de aire acondicionado. Tenía 15 personas en plantilla en la fábrica de Las Rozas [Madrid]. El caso es que me arruiné. Enterré dos millones de euros. Estuve quebrado hasta 2001, hasta que hice Cuéntame en Televisión Española.
Además de mi familia, me ha salvado el hecho de que no soy un ser destructivo y las enormes ganas de vivir. La convicción de que vivir es algo que merece la pena me ha hecho más sencilla la aceptación de las adversidades. Y también me ha salvado no olvidar nunca mis orígenes; ello me ha permitido poder mantener los pies en el suelo hasta en los peores momentos. Y mucha, mucha suerte. Todo ello me libró del único gran peligro que tiene esta profesión, que es que, de tanto creerte diferente, te puedas convertir en un outsider, drogado, enfermo, aislado y maltratador de una familia.
Es fundamental el hecho de que en todos estos años no me haya faltado nunca el arrope de Pastora, que ha sido mi mejor amiga, compañera, aliada, amante. La conocí en 1985, en mi época de máximo esplendor. Era una mujer que también estaba bien arriba. Me encontré con la horma de mi zapato; una mujer de carácter, potente. Yo estaba desmadrado, muy confuso, muy perdido. No me servía con hacer una película, tenía que hacer dos, ligar una con otra, no parar. Pastora, con ese sosiego que es capaz de tener en muchos momentos, me puso en la realidad sobre lo que era la vida, el compromiso, la familia.
Algo maravilloso, tanto que he sido reincidente hace pocos años [Jon, el hijo mayor, tiene 19 años, mientras que el pequeño, Daniel, tiene sólo cinco]. Mis hijos me han clavado en la tierra, me han dado realismo y eso que parece tan tópico, pero que es tan verdad: una poderosa razón para vivir.
Empecé a liberarme del estigma ese de estar perdido, de utilizarme a mí mismo, rozando los 40 años. Empecé a quedarme más tranquilo, a aceptarme con mis defectos –también con mis virtudes–, con mis limitaciones. Empecé a rodearme de gente que necesito y me necesita, y comencé a sentirme mejor. Ahora me gusta más mi trabajo y elijo mejor los guiones, aunque sigo con complejo de no acertar.
Sí, estuve con una psiquiatra estupenda. Fui para que trabajara mis adicciones y también para que me explicara por qué estaba tan desbocado, con tan poca paz. Me ayudó a recomponer las piezas de ese mundo mío disperso, algo alocado. Al final me dijo que ya estaba bien, que todo iba a ir mejor, excepto algo que no tiene arreglo, que es mi verborrea, que, predijo, irá a más. En el fondo, uno es actor porque tiene una necesidad y un poder para comunicarse.
Justamente, aquél era un papel secundario, y no es fácil aceptar ser el secundario de un protagonista que me hubiera tocado a mí diez años antes. La primera vez que yo sentí la edad fue con ese papel. Eduard Fernández, el protagonista, me ayudó mucho; vivió conmigo un periodo duro. Yo estaba amenazado por ETA, iba con escoltas, con lo cual se confundían los escoltas de verdad y los de la película. El día en que él me tenía que matar en la ficción eran las seis de la tarde y yo caía al suelo. Allí acababa su trabajo, pero no se fue porque él quería venir en mi coche, escoltado. Me dejaron tirado en el suelo dos horas, rodeado de agua mientras preparaban la siguiente escena. Eduard me dijo entonces algo significativo: “A lo mejor es la primera vez en tu vida que te vas tarde del rodaje porque haces el malo, tronco”. ¡Qué razón tenía!
Entiendo que haya gente que lo haga. A mí no me interesa. Creo que hay otros modos de buscar un buen aspecto. Entiendo que a la altura de los 60 años –no antes–, algo tienes que hacer para ponerte la piel fresca, líquidos reafirmantes, para humedecer…, pero nada más. No hay que tocarse. Yo veo a Clint Eastwood con la cara arreglada, no tocada, y me gusta eso.
Pues igual que todos, jodido, eso no se pasa; no tiene que ver con la edad, sino con la condición de nuestro trabajo, sujeto a una inestabilidad laboral, las modas, los gustos y a la fragilidad propia de un trabajo cuyo éxito no depende sólo de ti. Hay actores, algunos mayores, con todo el prestigio del mundo, que están adocenados, y otros que se mantienen vivos –gente como Al Pacino–, porque esa misma inseguridad te obliga a seguir exigiéndote. Ser actor es casi un estado de inconsciencia.
Creo que con los años me gusta cada vez más mi trabajo en El intruso y en El amante bilingüe, de Vicente Aranda [ambas de 1993].
Sí, y mucho. Yo he tenido experiencias de todo tipo y en todos los sentidos con ellas, casi todas buenas. He tenido adorables compañeras como Ángela Molina, Marisa Paredes, Ana Belén, Victoria Abril… Con ellas ha habido mucha complicidad, un cariño enorme. Yo jamás he tenido un romance con una compañera; he llegado a ser algo peor, un hermano. Yo las he paseado, las he escuchado, las he bañado, las he acostado –o me han acostado ellas–. En el rodaje de una película, cuando afloran los problemas, las inseguridades, puedes sentirte un poco huérfano, y ellas, también. Nos necesitamos mucho en esos trances, y en ellos se hacen las mayores amistades y los peores odios.
Yo tengo que estar muy agradecido a la televisión como medio de expresión actoral. Cuando en 1989 hice la primera vez una serie –Brigada Central, con Pedro Masó– en 35 milímetros, con Panavisión, aún se consideraba el trabajo de televisión una actividad de segundo nivel, era algo así como rebajarse. Pensamos durante mucho tiempo que la tele era una cosa pasajera, que había que trincar y luego irse. Fue un error imperdonable.
Nunca milité en ningún partido, aunque en los años setenta y ochenta estaba muy cerca del partido comunista. Lo que pasa es que yo siempre voté a la contra de lo que ganaba –la única vez que he ganado una elección fue el 14 de marzo de 2004–, aunque luego siempre estaba en el área, pero nunca me he sentido obligado a militar o a seguir al poder.
Nunca. Yo lo que recuerdo todavía es el pollo que le montamos a Felipe González, ¡pobrecito!, con lo de la OTAN. Yo era el portavoz de los artistas. Íbamos a La Moncloa para increparle y llamarle hijo de puta, traidor. Yo leía los comunicados. Le dimos una caña de muerte. Yo nunca estuve en la bodeguita.
De cine. En aquella época conseguimos que fueran a estrenos de cine. Hay gente que aquello no lo entendió bien, y yo lo comprendo. Fue en el primer mandato de Aznar, e íbamos en una comisión de gentes del cine, con Marisa Paredes, Aitana Sánchez-Gijón y otros. Intentábamos sensibilizar a Aznar con los problemas del cine español, con la necesidad de que estudiaran nuevas formas de subvenciones, desgravaciones fiscales por inversión en la industria del cine, algo que está todavía pendiente.
Aznar no entendió nuestra posición tan firme y tan dura contra la guerra de Irak y se lo tomó como un ataque personal. La derecha española sigue pensando que los actores debemos estar calladitos y sin dar guerra; pero, por más que les pese, somos hombres públicos, con criterio, que somos testigos de justicias e injusticias y tenemos una voz que podemos usar, porque, ante todo, somos ciudadanos libres.
El otro día nos llamaron a algunas gentes del cine para invitarnos a celebrar el segundo aniversario de su llegada al Gobierno, y Juan Echanove y yo le mandamos un recado diciéndole que no íbamos a acudir y que lo primero que tiene que hacer por nosotros es ir al cine y llevar al Parlamento una ley del cine, y mientras tanto que no nos haga ni fiestas, ni hostias. Yo, la verdad, con el poder casi ni tocarlo, que hagan su trabajo. Aunque estoy encantado de que gobierne Zapatero, ¡eh!
Antes de despedirnos hablamos de aficiones. Confiesa ser un lector muy desordenado e impaciente de libros –“para leer novela necesito la noche, porque durante el día me engancho con mil cosas; por ejemplo, Internet, los blogs, etcétera”–, aficionado a ver partidos de fútbol por televisión –“soy del Athletic de Bilbao, pero cuando no juega, no soy antinada, me gusta que gane el mejor”– y voluntarioso en la cocina –“mi especialidad es una salsa de tomate del Bierzo, con pimentón, que me sale de cine”–; todo menos estar tirado a la bartola, sin hacer nada, viendo pasar el tiempo. Su última afición conocida –que se está convirtiendo en negocio– es el vino. Con otros socios explota una bodega de vino en Ribera del Duero, Cepa 21, que ahora mismo es la niña de sus ojos. Una afición “que es una vuelta a la tierra de origen de mis padres, Castilla; cada vez que paso por allí, algo muy íntimo se mueve dentro de mí”.
This is cache, read story here
