Cirugía Plástica y Reparadora.
Tercera canción triste...
Se levanta cada mañana dormido. Como siempre, es un problema de tensión sanguínea, de biorritmo. Y, como siempre, oye la discusión, matinal y perpetua - siempre airada-, que se oficia desde cualquier púlpito radiofónico. Se «pone al día» de las noticias, de las opiniones. Le dan el «parte». Es el cotidiano lavado de cerebro, diario, grato y concienzudo, al que se somete por costumbre; también lavamos nuestra epidermis, la tratamos con cremas, la cubrimos con olores artificiales y la ocultamos con telas. Es una cuestión de higiene, de adecuación al entorno. Al igual que adaptamos nuestro olor y nuestro aspecto externo a las necesidades sociales (a la moda, al uso y la costumbre), también disponemos nuestro pensamiento a lo comúnmente aceptado. Es al que llamamos «políticamente correcto», es aquel que vocean los medios de comunicación dóciles al régimen. Los destinados a marcar el son. Porque ¡Dios te libre de perder el paso!, de salir del carril trazado. El castigo pasa por el ostracismo y el vilipendio.
F. G. C. sabe que escribe con facilidad. Es una «pluma privilegiada», pero es incapaz de hilar una historia. Es fotógrafo, no cineasta. Describe, no relata; a partir de la tercera página, se pierde; le abandona la brillantez. Por ello, seguirá escribiendo en un periódico de provincias y envidiando a los grandes. Aún hoy, de vez en cuando, relee a Kerouac y le cae un lágrima por la mejilla. Últimamente llora mucho por envidia, se está volviendo cada vez más sensible.
La abandonó la depresión. ¡Hasta ella, que cualquiera le vale! Fue la última que tuvo algún interés en soportarla. Estuvo bien mientras duró, pero el tiempo todo lo aja y ahora la menopausia la consume entre sofocos y soledades. La «depre» se fue un día, la dejó más sola aún, solo quedó lugar para la indolencia. Primero se fue el marido, obligado por el ansia por carne fresca; sus hijos ya hacía años que campeaban con independencia. Después se olvidó de fumar, poco a poco comprobaba como el mundo se iba renovando en períodos cada vez más efímeros.
Juan lo envidia. Un accidente impidió que llegara sangre a su cerebro durante un tiempo. Era muy joven, pero no olvida lo que nunca recuerda. Desde ese momento su vida fue un remedo, empezó a portar algo grotesco. Hoy busca a la hembra para que le tranquilice, le serene. A veces hay ruido en su cabeza.
Ella sabe que da igual que rebose talento. Tendrá que seguir trabajando en cualquier sitio y dará gracias por poder hacerlo. No hay lugar para lo brillante. Sabe que vive en una sociedad que, como la frecuencia modulada, recorta por arriba y por abajo; solo da cancha a la mediocridad, que reposa tranquilamente en el centro. Ella quedó dentro del recorte, del material desechado, ahora deja muestras de su arte en sitios inverosímiles.
Empiezas a caer en la cuenta de que tuviste la desgracia de nacer en una tierra donde impera el escombro. Una tierra que ha contemplado un naufragio y se esfuerza en disimular su atrofia, recurriendo a la cirugía estética (también a la cosmética) para disimular lo evidente.
En el aire resuena una canción triste. Y la canción es triste porque las caras son tristes. Miras en tu derredor y ves rostros teñidos de amargura, que sudan frustración. El chófer del autobús acelera la marcha cuando el joven, en actitud descuidada, cruza delante de su frontal. El discurso es conciso: «Pa chulo, yo». La crispación empapa el ambiente, es el miedo en una de sus formas. El agresor tiene miedo y reacciona agrediendo. Son parte de una masa ciega, que mira sin ver, que llena los hipermercados en su actividad más excitante de la semana: comprar. Muchos lo saben y hasta se visten, se acicalan, para ser uno más de la manada.
M. G. se construye un púlpito privado, desde el que enarbola discursos para sí mismo. Es un espacio propio para la libertad, que no se atreve a compartir y en el que puede respirar. Sabe que el precio es la soledad.
Yo no diría, como un día hizo Ginsberg, «He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura». Las he visto carcomidas por el tedio, por el arrinconamiento, por el abandono. Porque no hay nada más marginal que lo olvidado, nada está tan solo.
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